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[ Autoconclusivo ]November 18, 2007 3:25 pm

    Su abuelo era un amante de la vieja escuela. En sus ratos libres, durante más de 30 años, se había dedicado a enterrar, en las afueras de las ciudades donde había vivido, sus llamados tesoros. Usaba sus sombreros como mapa. A menudo eran necesarios varios de sus sombreros para componer el mapa completo, y a veces daba la impresión de que faltaban algunos. De esta manera había llegado a tener una colección de más de 80 sombreros distintos.
    Hacía años que no se sabía nada de él, por eso no pudimos preguntarle cuando cogimos unos cuantos de sus sombreros. Mis amigos y yo nos fuimos a las afueras a buscar esos tesoros. Pero cuando desenterramos el maletín y lo abrimos, ¡Por el amor de Dios agente, dígame que hará quemar todos esos malditos sombreros! ¡Sea lo que sea lo que salió de ahí los devoró a todos!

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[ Autoconclusivo ]July 4, 2007 4:33 pm
      Existe una cierta magia en los sombreros que fue lo que atrajo al joven Daniel a coleccionarlos de esa manera tan inusitada. No me estoy refiriendo al encanto que tienen los sombreros fedora, aquellos sombreros que llevaban los gangsters de principios del siglo pasado; ni a la curiosa prestidigitación de los magos con sus sombreros de copa.
      El anciano del ático del bloque donde vivía Daniel, que tocaba la misma canción con su Stradivarius todos los días mientras miraba la oscuridad del cielo nocturno desde su ventana, lo sabía bien. Le contaba esas historias donde usaba su sombrero para viajar a otro mundo, un mundo más allá de la luna, las estrellas y los sueños. Donde vivía aventuras absurdas, extraordinarias y donde conoció a su verdadero amor.
      El viejo decía que todas las noches tocaba la misma canción porque de este modo ella llegaría a escucharla. Sí, había perdido la cabeza. Pero nunca conoció a otra mujer como aquella, decía que a causa de un rasgado en su sombrero nunca había vuelto a verla.
      Todas las noches sonaba la misma melodía, para Daniel esa había sido su canción de cuna durante más de 20 años, así que cuando aquella calurosa noche de abril no sonó se le encogió el corazón. Esperó y esperó. Durante 2 largas horas estuvo agarrando el cojín de su sofá de cuero nacarado a que sonase el primer acorde, pero no llegaba. Se temió lo peor así que marcó el 012. Cuando llegaron los servicios de emergencia y echaron la puerta abajo Daniel recordó los últimos instantes que había pasado junto al anciano. Esa misma tarde, al volver de su trabajo, le había encontrado particularmente feliz, no le preguntó el motivo pero recordó que la breve conversación que mantuvieron en el ascensor le dio la sensación de que iba a ser la última.
      No había nadie en el apartamento, y no se conocía que tuviese familiares, no había contado a nadie que se fuese a ir y sus cosas aún estaban guardadas en los armarios y cajones. Lo más extraño fue hallar un remendado sombrero gris en medio de la habitación y ni rastro de su valiosísimo violín.

Escrito para el concurso de minirelatos de Arandanos, pero que no participó por exceso de extensión.