« -- Luces Danzantes VIII »
Estaba comenzando la noche cuando Mike se acercó todo lo silenciosamente que pudo al recodo del pasillo, pero este detalle carecía de importancia en el mundo que veían Garland y sus alumnos, en el que no se distinguía la noche del día.
La puerta de la habitación 104 ahora se encontraba clavada en la pared de enfrente, quemada en buena parte y con trozos esparcidos por el suelo. El marco de la puerta tambien había desaparecido, en su mayor parte quedaba tan solo el agujero oscurecido y quemado de la explosión. Como temerario que es, Mike se acercó hasta el, ahora inexistente, umbral de la puerta. Echando un vistazo al interior solamente para abrir los ojos como platos, encojer con fuerza las pupilas y apartar rapidamente la vista de lo que acababa de ver.
El Doctor Garland le estaba esperando al otro lado de la esquina del pasillo, así que, con paso tembloroso y sin poder cerrar los ojos, llegó hasta él para describirselo lo mejor que pudiera en el susurro más inaudible posible.
- No… no… nunca… No había visto nunca nada semejante profesor. Son como… Ángeles, son seres hechos de luz, tienen como un cuerpo físico pero no es físico, es luz concentrada y solida, aunque inmaterial, son muy, muy altos, eran dos y hablaban encorvados, o parecía que hablaban, los chasquidos, los zumbidos que oimos, provenian de sus cabezas, tenian una figura vagamente humana aunque de brazos y piernas exageradamente largos y sin cuello. No creo que debamos permanecer aquí profesor, no me han parecido amigables y creo que podrían destrozarnos si han sido ellos lo que le han hecho eso a la puerta de la habitación. Vamonos profesor, hay cosas que es mejor dejar pasar para sobrevivir.
- Tú ya has satisfecho tu curiosidad Mike, ahora me toca a mí.
Y dejando a Mike tratando en vano de convencerle de que no vaya, revolver en mano se acercó a la esquina del pasillo para echar a andar hasta el umbral de la habitación 104, con intenciones de llegar aún más lejos que donde llegó Mike.
