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Su abuelo era un amante de la vieja escuela. En sus ratos libres, durante más de 30 años, se había dedicado a enterrar, en las afueras de las ciudades donde había vivido, sus llamados tesoros. Usaba sus sombreros como mapa. A menudo eran necesarios varios de sus sombreros para componer el mapa completo, y a veces daba la impresión de que faltaban algunos. De esta manera había llegado a tener una colección de más de 80 sombreros distintos.
Hacía años que no se sabía nada de él, por eso no pudimos preguntarle cuando cogimos unos cuantos de sus sombreros. Mis amigos y yo nos fuimos a las afueras a buscar esos tesoros. Pero cuando desenterramos el maletín y lo abrimos, ¡Por el amor de Dios agente, dígame que hará quemar todos esos malditos sombreros! ¡Sea lo que sea lo que salió de ahí los devoró a todos!
