« Luces Danzantes V -- Sombrero »
Se acercaron a la recepción del motel con pasos lentos, Mike podía ser muy bravucón pero desde que acabó la fiesta ha sido, sin duda, el que más veces ha estado a punto de morir y quien más instinto de supervivencia tiene en este lugar. Si no fuera por él estarían todos ya muertos. Por eso Garland no dijo nada cuando Mike se adelantó y le indicó al doctor que fuera más despacio.
La recepción del hotel estaba medio en penumbras a causa de unos tablones que tapaban las ventanas del local. Pese a ello aún entraba algo de luz y podían ver los cuadros que colgaban de las paredes. Inauguraciones, fiestas de cumpleaños, convenciones de coleccionistas. El lugar parecía haber vivido tiempos mucho mejores que los actuales.
- Hey Mike, fijate en el tablón de las llaves, están todas disponibles excepto la 104. Parece que tenemos un huésped en el motel.
- Con la explosión quizás ya no quede nada de él, pero lo mejor será ir a preguntar.
Cada paso que daban hacía crujir el suelo de manera escandalosamente exagerada. No era un suelo de madera, pero aún así sonaba como en aquellas películas de Clint Eastwood en las que entra en el Saloon, todo el mundo permanece en silencio y lo único que se escucha mientras avanzaba hacia la barra es el crujir de la madera bajo sus pies. Ninguno de los dos cayó en la cuenta hasta que llegaron al final de la escalera que subía al piso superior. Se miraron extrañados, dirigieron su vista al suelo y a continuación volvieron a cruzar sus miradas. Esto es la transcripción de lo que hablaron sin usar una sola palabra de por medio.
- ¿Has oido lo mismo que yo?
- ¿Cómo es posible que suene madera sobre un pavimento de ceramica? A menos que debajo haya madera.
- En determinadas partes del suelo no habían azulejos, y no había madera debajo.
- Bueno, quizás nos hayamos equivocado al escuchar.
- Quizás debamos olvidar que esto ha pasado, por nuestra propia cordura.
- Quizás…
Pero la mirada de Mike se vió interrumpida por un ruido proveniente del recodo del pasillo. El sonido, semejante al de un zumbido combinado con el de una hoguera, se apagaba lentamente para volver a sonar a continuación más fuerte. Ambos miraron los números de las puertas a ambos lados del pasillo: 101, 102, 103… Tras esa esquina se encontraba la habitación 104.
