Primero parecía una mera ilusión óptica inducida por el estrés de las últimas semanas, pero en cuanto fijé mi vista sobre su movimiento serpenteante se volvió más acusado e irreal. Tuvé esa sensación en la nuca que tienen todos los soldados que llevan años sirviendo para una guerrilla. Salté por encima de la cama fuera del marco de luz que lanzaba la ventana. El colchón, iluminado por la luz, comenzó a brillar de manera inusitada, deslumbrandome tanto como un sol matinal, hasta que se estalló en mil pedazos.

    Me quedé paralizado… viendo trocitos de colchón cayendo lentamente.

    Ni siquiera me di cuenta de que la luz avanzaba por el suelo y estaba a punto de tocarme.

    Ni siquiera escuchaba a la chica que me agarró del brazo y me lanzó al pasillo, cerrando la puerta que de igual manera comenzó a brillar.

    -Larguemonos de aquí. - Dijo, y corrió por el pasillo del motel a donde la oscuridad parecia tangible. Escaleras abajo. Por supuesto, la seguí, no pensaba quedarme a ver como la puerta era volatilizada y convertida en montones de astillas a riesgo de verme a mi convertido en el nuevo depositario de toda esa madera de pino.

    Bajamos las escaleras, estuvimos bastante rato bajando las escaleras, demasiado rato si se me permite decirlo, habia escogido una habitación en un primer piso y ya habiamos descendido al menos seis. A petición de ella no encendí ninguna linterna, "la luz atrae a la luz", me dijo. Ella tenía unas gafas de visión nocturna y me avisaría en caso de alguna anormalidad en el descenso. Por el camino le iba haciendo preguntas, no respondió a ninguna excepto la referente a su nombre: Luciernaga.

Continuará…